MIGUEL HERNÁNDEZ, POETA Y MÁRTIR, Y SU SOMBRA LUMINOSA EN LAS LETRAS VENEZOLANAS

Miguel Hernández fue soldado, político, maestro de sus compañeros campesinos, redactor de periódicos del frente, “y lee sus poemas en las trincheras, a veces por los altavoces”.

La experiencia vital de Miguel Hernández (1910-1942) está inexorablemente encadenada a la Guerra Civil Española (1936-1939). Esta guerra fratricida fue un holocausto y una diáspora. Nosotros conocimos en Santa Ana de Coro, al noroccidente de Venezuela, una tarde calurosa de 2000, un girón viviente de aquella confrontación: J. M. Cruxent, padre de la arqueología científica en Venezuela, de quien celebraremos el centenario de su nacimiento en 2011. El centenario de J. M. Cruxent podemos llamarlo el centenario del exilio: Cruxent llega a Venezuela al terminar la Guerra Civil; como los exilios de Alberti y Cernuda, es el suyo el exilio americano, porque el destino se bifurcaba tajante: salir de la madre España o salar con los minerales de sus huesos los camposantos o pintar con palabras encadenadas las sombras de olvido en las cárceles. Cruxent combatió en las filas republicanas en el frente de Teruel, donde fue soldado, mensajero, dibujante, enfermero. Miguel Hernández fue soldado, político, maestro de sus compañeros campesinos, redactor de periódicos del frente, “y lee sus poemas en las trincheras, a veces por los altavoces”. Con la caída de la República y la implantación de la dictadura del general Franco, la poesía de Miguel Hernández se leyó y floreció en su exilio americano.“De los grandes poetas españoles de este siglo —siglo incomparable en cantidad y calidad, en la historia de la poesía en lengua castellana—, Miguel Hernández es el más arbitrariamente difundido, el más silenciado en España, el que murió más joven”, escribe Alberto Cousté en la introducción a las Obras selectas. Y más adelante precisa, con corte quirúrgico en la idea y en el tiempo: “Entre sus poemas de adolescencia y los últimos esplendores que concibió pese a su enfermedad y sus prisiones, no median más que catorce años. Menos longevo que Juan Ramón Jiménez o Jorge Guillén, pero también menos espectacular que Federico García Lorca, Miguel era la víctima ideal para la condena del silencio; la situación política de España, su muerte en los albores del franquismo (y el rigor y la duración inusitada del régimen), remataron con éxito, a escala nacional, ese operativo tenebroso”. Advierte Cousté que como tesoro largamente oculto, la vida y la obra de Miguel Hernández corren el riesgo de manipulaciones excesivas en esta hora suntuosa de su exhumación: “Ni la negación de Perito en lunas (como mero ejercicio gongorino) en beneficio de la rotunda poesía de combate de El hombre acecha, ni el acento puesto sobre ciertos sonetos a la Virgen (o sobre su notable auto sacramental, en tiempos de la influencia de Ramón Sijé sobre el poeta) para demostrar le extracción religiosa de su inspiración; ni una cosa ni otra: el tironeo entre izquierdas y derechas, en definitiva, para entronizar a Hernández a su lado, no ayudará a clarificar la figura y la obra de uno de los poetas más vastos y profundos que ha dado la literatura española”.La “vastedad y profundidad” de la obra hernandiana a la que alude Cousté acrecienta la dificultad a la hora de seguir el rastro de la influencia del poeta-mártir en la poesía venezolana de la segunda mitad del siglo XX y la primera década de la centuria presente. Con aquellos poetas venezolanos con los que Miguel Hernández compartió estancia en este mundo, más conviene hablar de correspondencias, correspondencias temáticas y las mismas influencias que como escritores compartieron en el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial: el modernismo (Rubén Darío) —y la reacción contra el modernismo—, las vanguardias literarias europeas de finales del siglo XIX (Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire, Verlaine), la generación literaria del 27 español, la influencia universal del Canto a mí mismo y Hojas de hierba de Walt Whitman, las ideas sobre el “compromiso” y la responsabilidad del intelectual y del poeta, encarnadas en Neruda.Es en la poesía de combate de Miguel Otero Silva de Agua y cauce (1937), donde encontramos las correspondencias más acusadas entre un escritor venezolano con la poética de Miguel Hernández. Consideremos los poemas “Bombardeo” de Otero Silva y la “Canción del antiavionista” de Miguel Hernández, recogida en el volumen Otros poemas (1938-1939). En el poema de Otero Silva los bombarderos son mensajeros que traen la muerte mecanizada, lúgubres augures de la carnicería tecnológica:

¡Más grandes! ¡Más cerca! ¡Más anchos! ¡Más negros!
¡Ya están los aviones rozando los techos!
Ya caen las bombas cual frutos siniestros
y tiemblan las madres cual leves espigas
y cierran los puños de terror los padres.
En maguey de llamas y hondones de estruendo
estalla la muerte sobre los techados.
Árboles de fuego nacen bajo el sol.
Humo denso, oscuro, sube hacia los cielos.

En Miguel Hernández esos mismos bombarderos anuncian la muerte desde lo alto, su vuelo tenebroso es la negación de los dones de la naturaleza, son fúnebres carniceros mecánicos:

Que vienen, vienen, vienen,
los lentos, lentos, lentos,
los ávidos, los fúnebres,
los aéreos carniceros.

Que nunca, nunca, nunca
su tenebroso vuelo
podrá ser confundido
con el de los jilgueros.

Que asaltan las palomas
sin hiel. Que van sedientos
de sangre, sangre, sangre.
de cuerpos, cuerpos, cuerpos.

Que el mundo no es el mundo.
Que el cielo no es el cielo,
Sino el rincón del crimen
más negro, negro, negro.

En estos versos el poeta no se limita a ser testigo de su tiempo, asume el protagonismo de primera línea como una voz que llama a la conciencia, un reclamo enérgico contra la violencia y la tiranía. Los versos de Hernández y Otero Silva convocan la estampa de Guernica de Picasso, pintada en 1937, contemporánea no sólo en el tiempo sino en las ideas.

Los poetas fuertes persisten en luchar con sus grandes precursores, incluso hasta la muerte. De la escena literaria venezolana de los años 60 y 70 espigamos los nombres de Víctor Valera Mora y Lydda Franco Farías como representantes de una generación que quiso tomar el cielo por asalto. El libro de aire más hernandiano de los de Víctor Valera Mora es Canción delsoldado justo (1961). El tratamiento de los héroes tiene en el Hernández de los años de la Guerra Civil y el Valera Mora de los años de la guerrilla una correspondencia fatal. El personaje del poema “Livia incendia la pradera” —“Livia Margarita Gouverneur, héroe del pueblo de Venezuela, muerta en combate contra los gusanos batisteros”– es pintada con trazo emocionalmente preciso sobre el fondo de la lucha social:

Entonces muchacha combatiente
camarada solar, rosa del pueblo,
novia y hermana de lo que esperamos:
con tus puños tus uñas tus zapatos
tu libreta de apuntes tus canciones
el vestido que no estrenaste
tu digna bandera tu pistola
y tu corazón que no aguantaba más,
te despeñaste a rabia y fuego
sobre toda su playa de traidores.
Ahora, fue duro golpe tu caída.

Sobre el lienzo de horror y heroísmo, de sangre amarga, coagulada y esperanzas desgarradas, de la Guerra Civil, Miguel Hernández dibuja con palabra rápida y musical la estampa de su heroína en los versos de Rosario, dinamitera. El parecido les viene de familiaridad histórica y poética:

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus tributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.

Lydda Franco Farías es un relámpago. La solidaridad con los oprimidos la hermana con el “Chino” Víctor Valera Mora y el poeta-pastor, el poeta-soldado, el poeta-mártir que fue y es Miguel Hernández. Queremos destacar el sentido del cuerpo, de la sensación hecha carne, que en la poetisa venezolana, nacida en Falcón, tierra de pastores, la ata entrañable, poéticamente al poeta nacido en Orihuela, tierra de pastores. En ambos hay una confesa religión de la sensualidad. Sensualidad transparentada en los Poemas circunstanciales (1965) de Lydda:

La mujer que soy, canta.
Mi génesis: la escoria, la ceniza, los agrios sudores.
Mi elemento: la palabra, piedra del camino para ser lanzada,
vínculo secreto que madura sus claros volúmenes,
cópula exacta para que el amor germine.
Hablo de la mujer que soy e intuyo
que mi presencia trenzará la llegada de minutos fluviales.
Creo en el privilegio de la sangre nueva,
en la voz que no se escurre,
en la dialéctica orgánica de mi estructura viva.
Creo en la síntesis del hueso,
en el axioma de mi futura desintegración.

En la poesía de Miguel Hernández el cuerpo es el camino al mundo: un cuerpo en tumulto, en sensación, en crispación, sensación de instante con sed de eternidad. Esta conciencia de la corporalidad en la poética de Miguel Hernández puede ser vehementísima, dolorosamente exuberante; o, cuando la sensación y la idea lo precisan, asumir una cálida economía de palabras:

Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.

Nosotros, y cuando digo nosotros nombro a quienes comenzamos a publicar a finales del siglo pasado, conocíamos la obra de Miguel Hernández mucho antes de haberla leído. Conocimos a Miguel Hernández en las canciones de Joan Manuel Serrat; pero tempranamente no podíamos y no sabíamos distinguirlo de “Penélope”, de “Tu nombre me sabe a yerba”, de “Las malas compañías”. Nosotros, y cuando digo nosotros nombro a quienes vivimos y soñamos en Mérida por aquellos años cuando cayó el muro de Berlín, dejando a más de uno viendo sin mirar y sin entender, descubrimos a Miguel Hernández en los espacios universitarios, pero bien pronto se alejó de las bibliotecas para acompañarnos a la noche, a la bohemia, a la vida como poesía (“Señora, si usted conoce a Mérida dirá que Sodoma es virgen”, el “Chino” Víctor Valera Mora). Hicimos nuestros estos versos suyos: “Dejemos el museo, la biblioteca, el aula / sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo. / Yo sé que en esos sitios tiritará mañana / mi corazón helado en varios tomos”.

Para nosotros Miguel Hernández es una fuerza moral. Y como bien dice Miguel —le llamo familiar, cercanamente, como seguramente él quisiera— en aquella clarinada que es “Llamo a los poetas”: Veremos si hablamos luego con la verdad del agua, que aclara el labio de los que han mentido.

 

Referencias bibliográficas

  • Franco Farías, Lydda: Antología poética. Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, Coro, 2002.
  • Hernández, Miguel: Obras selectas. Círculo de Lectores, Barcelona, 1981.
  • Morón, Camilo, et all: J. M. Cruxent, arqueólogo de la Tierra de Gracia. Volumen de ensayos sobre la vida y la obra de J. M. Cruxent, colaboran Jacqueline Clarac de Briceño, Alex Lhermillier, Adrián Lucena Goyo, Alvira Mercader, Leonardo Páez y otros. En imprenta.
  • Otero Silva, Miguel: Poesía completa. Monte Ávila Editores, Caracas, 1972.
  • Valera Mora, Víctor: Nueva antología. Monte Ávila Editores, Caracas, 2004.
(TEXTO TOMADO DEL SITIO LETRALIA DEL 21 DE FEBRERO DE 2011).